Elogio y digresión

Por David Mateo.

La obra de Alan Manuel se está insertando en el ámbito de las artes plásticas cubanas a partir de una compleja disyuntiva. Por un lado, se esfuerza por acreditar un estilo, una concepción técnica dentro de un género tradicional como el paisaje, en el que han proliferado un sin número de artistas, no todos precisamente auténticos, aportadores; en el que el lastre de algunas convenciones constituye el primer motivo de preocupación metodológica. Por otro lado, trabaja para difundir con elocuencia y efectividad de recursos los contenidos evangélicos, matizados por su experiencia como hombre insular. Dicho de otro modo, la suya es una contienda formal y conceptual enfocada hacia dos dimensiones del canon histórico: el que atañe al ejercicio de la pintura y sus modos convencionales de representación, y el que se refiere a la vigencia del pensamiento bíblico y los valores que promulga. A veces pienso que en la búsqueda de alternativas para afrontar estos propósitos por separado, pudieran generarse algunos estados de tensión, de contrariedad, que harían aún más complejo el desarrollo de su proyecto. Pero también estoy convencido de que, por más difícil que se le haga el camino para la búsqueda de soluciones complementarias, nada le apartará de su decisión de afrontar esta contienda artística. En los breves contactos que hemos sostenido, me he percatado de que el artista está abierto a discutir y revaluar el rol protagónico de ciertos modos y procedimientos, pero que nada ni nadie le harán modificar aquello que concierne a la estrategia esencial de su propuesta.

La sensibilidad perceptiva y el dominio técnico de sus composiciones -artificios indisolublemente ligados al hedonismo y al poder seductor del género- constituyen el primer indicio de valor en las pinturas de Alan Manuel. Un valor que no se verifica solo en la apariencia o los primeros niveles de percepción de la obra, sino que se constata también en la medida que uno se va adentrando en su lógica estructural. La soltura, seguridad y coherencia de su pincelada, se aprecia lo mismo desde un ángulo general del cuadro que desde un detalle aparentemente intrascendente. Este aspecto resulta significativo a la hora de sopesar sus paisajes y el lugar que ellos pueden llegar a ocupar en el contexto plástico cubano, en un período en el que la práctica de la manifestación está viciada de fórmulas y trucos técnicos.

Con semejante virtuosismo Alan pudo haberse dedicado a la recreación lírica, emotiva de los entornos, a la simulación de un paisaje óptimo para la evasiva nihilista o la elucubración filantrópica, ecologista, con el cual hubiese ganado fácilmente el consenso del público y del mercado del arte. Pero optó por la variante del paisaje metafórico, conceptual, de enfoque crítico, tendencia en la que una vez ya afirmé que se concentraban los mejores artífices del género dentro de la Isla.

Los paisajes de Alan Manuel están casi siempre condicionados por el influjo y la densidad de lo social y lo cívico, permeados por la sobredimensión de determinados símbolos provenientes de esos dos estados (de ahí la presencia de una bombilla eléctrica, un reloj de arena, una tijera, un pomo de cristal, una rueda dentada, una cadena…) La vegetación, el campo no suelen aparecer desde perspectivas abiertas, panorámicas, constituyen en algunas piezas, incluso, una ilusión restrictiva, contenida, atrapada (la obra “…pues el árbol se conoce por su fruto…”. San Mateo 12.33, del 2009, me resulta emblemática en tal sentido) En oportunidades hasta el paisaje adquiere una impresión borrosa, fuera de foco, en alusión a un tipo de horizonte, de territorio distante, casi inalcanzable, como esos que condicionan todo el tiempo la vida social y política del cubano. En cualquiera de estos tratamientos la palma real adopta la carga alegórica del sujeto, encarna simbólicamente sus angustias, miedos y tragedias.

Sin embargo en los cuadros de la muestra “Dichosos los que…” se corrobora ya una tensión de significados entre esa palma real y algunos artefactos u objetos abordados por el pintor de manera hiperrealista; artefactos y objetos que parecen ir ganando relevancia metafórica en la medida que contribuyen a la dimensión dramática de los ambientes (el ejemplo más efectivo de esa transición es la obra: “Dichosos los que tienen espíritu de pobres (…), San Mateo 5.3., del 2011. Los contenidos evangélicos, casi siempre reproducidos en calidad de títulos, resultan cada vez más oportunos, funcionales, porque no apelan a un cosmos o a una ecumenidad idílica, disociadora, sino que insisten en reforzar, desde el sentido de la parábola, la circunstancia crítica que el paisaje insinúa.