En torno a la luz de del mundo

Por Marco Antonio Olivera Montalvo.

Hablar de una muestra pictórica realizada con suma compenetración no solo con el objeto arte, sino con el hombre y una religiosidad vivida desde lo profundo del corazón, suscita mucho cuidado. El mismo cuidado tomó el artista cubano de la plástica Alan Manuel, de confesión católica y graduado de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, para conformar una serie de piezas que bajo el título de “La luz del Mundo” se exhibieron en la galería La Acacia entre febrero y marzo de 2008.

La obra de Alan Manuel encuentra su propio camino dentro de la actual y compleja plataforma de las artes plásticas contemporáneas, donde todos los lenguajes, tendencias, estilos y experimentaciones en la visualidad han dado arduos frutos entre nosotros, salvo algunas experiencias en el campo del Video Arte y Video Proyección.

El joven pintor es heredero de la gran escuela paisajística cubana. Dicha escuela comienza con la pintura de la Colonia y tiene sus ejemplos concretos en los maestros Esteban Chartrand, Víctor Patricio Landaluce, entre otros, y, en su trayectoria por el siglo XX, pasa por la fuerte impronta que está dejando el maestro Tomás Sánchez Requeiro, con su internacionalmente conocida visión filosófica del paisaje insular. En la obra de Tomás la meditación y la humanización son los ardides que sustentan las imágenes. Sin embargo, aunque heredero de esta tradición, el camino encontrado por Alan en la muestra ”La Luz del Mundo” es otro: ciertas vivencias de la cotidianeidad y de su entorno, catalizadas desde claves religiosas.

A mi modo de ver, en este artista aparecen hondas raíces en su fe cristiana y una reflexión sobre la prudencia. Lo apreciamos, por ejemplo, en un cuadro titulado “Noé fue recto e intachable; cuando vino la destrucción, él renovó a la humanidad…”, Eclesiástico 44. 17-18. En la obra, realizada en la técnica de acrílico sobre lienzo, se ilustra con gran acierto la visión plástica de una temática que colinda con un contenido arqueológico, por el efecto de las veladuras de la imagen que dan ilusión de antigüedad desde una visualización contemporánea. Allí la re-contextualización del Arca de Noé revelaría que debemos optar por la preservación de la naturaleza toda, pero además podría mostrar con certeza que la nacionalidad cubana, teniendo en cuenta la existencia de un Dios, Trino y Uno, puede salvarse. En igual medida, se actualiza un credo desde el cual muchas veces el Apóstol San Pablo, en su contexto, exhortó a sus discípulos Tito y Timoteo -los más cercanos-, y es el mismo credo de los que hoy le seguimos.

La contradicción misma que subyace en la esencia de todo ser vivo, siempre ante la realidad de la muerte, está contenida en el sustrato idealista de este joven pintor. Lo apreciamos cuando el artista muestra un retoño verde que se erige sobre un fósforo quemado (“Los que hicieron el bien resucitarán para tener vida”, San Juan 5. 29), o dos brochas en desplazamientos opuestos sobre un paisaje en formato díptico que representa el avance de la sequía y el nacimiento de hierba fértil, bajo el título Odio y Amor. Su pintura es idealista porque el autor inserta vivencias de fe y una reflexión critica sobre la conducta humana en el momento histórico presente. Si me preguntaran sobre qué otra cosa encuentro en la pintura de Alan, mi respuesta sería: ¡parábolas, señor, parábolas!

En un momento donde parece que el arte no deja de ser lo que fue desde el siglo XIX hacia atrás, pero muda su intencionalidad, aún más cuando la reflexión sobre la estética y el objeto mismo del arte constituyen banderas de la expresión creadora, la minuciosa pintura de Alan Manuel cobra sentido debido a la nutriente energía de temática evangélica que potencian sus imágenes. En una vida, como la contemporánea, llena de vanidades, vacíos existenciales y una fuerte dosis de descrédito en los imaginarios construidos por la cultura occidental, la pintura de este artista se nos revela como un bálsamo, un oasis, o una mina donde encontramos aliento de fe, esperanza y amor.

En términos estético-artísticos propiamente dichos, y retomando la alusión a nuestra pintura colonial, a modo de conexión temática; la muestra se erige sobre las claves de lo irónico en algunos casos. También apreciamos un fotorrealismo que en algunos momentos cobra matices consustanciales al estilo del pintor chileno Claudio Bravo, donde el pulimento de la superficie de los seres y los objetos, no son más que una clara alusión a la invocación de un sustrato espiritual e ideal.

Dentro de este ámbito, encontramos la simbología del mapa de Cuba en varias piezas de la exposición; una simbología que en otro momento del arte cubano contemporáneo fue utilizado por el artista Antonio Eligio Fernández (Tonel) en su obra “Mundo soñado”, que se encuentra en una de las salas del Museo Nacional de Bellas Artes (Edificio de Arte cubano). En Tonel, el recurso de la ironía, la grandilocuencia del formato y el concepto de nacionalidad, manejados en un soporte propio de la técnica de instalación, nos expresan ciertos reflejos de una posible imposición ideológica de Cuba hacia el mundo. A la inversa, entre las obras de “La luz del Mundo”, destaca el cuadro “Pues donde está la riqueza de ustedes, allí estará también su corazón”. San Lucas 12. 34, donde se puede interpretar que la Isla no debería pretender la conquista del Orbe sino a sí misma. De una forma académicamente reluciente, y mostrando el apareamiento de las palmas para formar una escalera, se sugiere el esfuerzo humano por la conquista del Reino desde la Isla, en tanto el rejuego de figura-fondo concreta la relación temporalidad-atemporalidad desde la cual, con sagacidad, el artista nos habla de un camino. Por eso son ciertas las alusiones del profesor y crítico Habey Hechavarría al percibir un arte Neo-religioso en las obras de este creador.

En la obra seleccionada por los curadores para la portada del catálogo, “Ustedes son la luz del mundo”, cita del evangelio de San Mateo 5, 13-16, y en otras piezas de la muestra, son muy significativas las alusiones a los pares de palmas que pueden ser -siempre desde mi óptica de espectador analítico- símbolos de hombre y de mujer. También están los tríos de clavos que perforan sus troncos dejando heridas sangrantes, símbolos que evidencian una clara pulsión religiosa y humanista. En este Foco-Globo Aerostático el pintor nos induce a reconocer a Dios en la existencia material, en el uso cotidiano de la técnica y en el sano disfrute de la vida; a partir de lo cual aquellos que profesan la fe cristiana están llamados a iluminar el camino, en un seguro viaje hacia la derecha del Padre.

Por ello, si algo muestran las imágenes de Alan Manuel es una cierta ecología en todas las dimensiones de la naturaleza, la sociedad actual, y la persona humana; entendida la ecología en tanto reconocimiento de la presencia de Dios, en primera instancia, lo que implica también una aceptación de la infinita posibilidad creadora como representación, en el interior del hombre, del soplo Divino. Esta visión sobre la obra del artista puede hacerse palpable en el precioso juego pictórico de parábolas-metáforas que ofrecen sus imágenes.

En este joven profesional de nuestra plástica contemporánea habita una verdadera intención de representar el momento histórico en que vive. Por ello su discurso mezcla realismo, simbolismo y nacionalismo, más la fuerte impronta del acabado de las piezas. Todo lo anterior conduce de nuevo al asunto de la paisajística actual por el camino de reactivación de la naturaleza cubana bajo los significados simbólicos de la cultura judeocristiana, plasmación de una mística de perfil escenográfico. La mística adopta el modo de la metáfora, e ilustra que la conducta individual en Alan Manuel genera imágenes artísticas. Así, perfila el asunto del paisaje en la concreción semántica de una propuesta caracterizada por sus connotaciones evangélicas. Tales aseveraciones especulativas se basan en una apreciación donde se podría constatar que el pintor dialoga con el arte desde el sacrificio, es decir: el esfuerzo durante el proceso de creación a partir de su espiritualidad.

Es digno de observar el sesgo de esta obra, ya que comienza a introducir temáticas donde convergen belleza y ética, y reflexionar sobre el hombre en su sentido más pleno. Estuvimos, pues, los profesionales de las artes y otras personas que gustamos de un arte que denota el compromiso del artista con su realidad inmediata, satisfechos por estas imágenes realizadas con una excelente técnica.