“… la Luz del mundo” 

Por Habey Hechavarría Prado.

Con estas palabras de Jesucristo, Señor de la Historia y Rey del Universo (Mt. 5, 13-16), el pintor Alan Manuel González Iglesias nos conduce hacia su más reciente exposición, así titulada, que acoge a partir de febrero (2008) la importante Galería La Acacia. La ocasión posibilita el conocimiento y disfrute de una obra cuya intensidad une el pasado y el presente de las artes plásticas en torno a la sensibilidad de un creador caracterizado por su rigor técnico y por acendradas preocupaciones conceptuales y espirituales.

Un discurso nítido y polifónico al mismo tiempo, regala una superposición de realidades, o niveles diferentes y opuestos de la realidad contemplada desde las verdades eternas de la existencia. La mirada del artista viene y va hacia la paz, el amor y la belleza, aunque la representación de la contrariedad asume con dramatismo la cualidad agónica de la existencia. La tensión, los conflictos, la danza de los opuestos a través de cierta narración visual, sitúa la estética de Alan en uno de sus mejores escorzos. Pero lo primero que atrapa son los valores de la sinestesia o la simulación de una percepción sensorial de los objetos, como tránsito hacia la apropiación libre de unas sentencias de raíz evangélica. Cada pieza se corona con un título procedente de versículos de las Sagradas Escrituras que, sin perder la dimensión de lo sagrado, aterriza en la experiencia del reino de este mundo.

La pintura de Alan, heredera y crítica del arte contemporáneo, concentra un sinnúmero de opciones, lecturas y senderos de comunicación para beneficio del receptor. La mayoría de los espectadores sentirá la seducción de una reproducción cuidadosa, casi fotográfica, de objetos y paisajes, algunos sobredimensionados por el formato de las piezas y las connotaciones de esa representación. Un grupo percibirá la dimensión simbólico-conceptual que se pregunta sobre el mundo interior del hombre y sus circunstancias, no sin ironía o el juego de significaciones del arte actual. Algunos vislumbrarán las obras en clave bíblica, relacionando las delicadezas del discurso plástico con las profundidades de la vida de fe. Y unos pocos entenderán que se hallan ante una obra razonadora y orante, biográfica e impersonal, tocada por un gesto intertextual (citas, influencias, préstamos), en alusión a ese árbol genealógico donde se multiplican los senderos de la experiencia artística propuestos al público.

La ausencia de figuras humanas, que redefine el carácter de la indagación espiritual, permite catalogar la muestra de arte neo-religioso. El uso de objetos personificados a través de una situación humana, justifica la categoría de “prosopopeyas del objeto paisaje” que Alan Manuel propone. La agitación conceptual y sensorial de la imagen le reconocería arte neo-simbolista, quizás conceptualismo pictórico. El trabajo con la luz, el color, la composición y el mensaje, nos devuelven un aliento neo-barroco. Pero la luz que aguarda en el enigma de cada cuadro, supera las calificaciones. Luz romántica de los fondos de paisaje, luz renacentista/naturalista según las leyes físicas, luz impresionista que viene del color, luz dramática y caprichosa, manipulada por el impulso barroco, todas se someten a una luz secreta, promisoria, que emerge del interior de los cuerpos tocados por la Palabra. Tal vez, esta última sensación, guarde la clave intransferible para adentrarnos (conocer-ser-convertirnos) en “La Luz del mundo”.