Un camino hacia la luz

Por Giusette León García.

A los hombres de poca fe, a los incrédulos de la virtud, a quienes insisten en andar sin brújula ni compromiso, sean materialistas convencidos o irremediablemente idealistas, les vendría bien encontrarse con La luz del mundo, una muestra donde la razón bíblica se contextualiza y habla con colores y formas tan cubanos como la palma real. Sin embargo, su autor, Alan Manuel González, espera mucho más de las obras expuestas en La Acacia.

“Desde que comencé a trabajar para esta exposición me propuse tres niveles de lectura. Uno que intenta rescatar la Biblia, traerla a la cotidianidad del individuo, porque de alguna manera hoy en día necesitamos de esa sabiduría en el mundo entero y creo que es muy útil psicológica y prácticamente hablando.

“El segundo nivel de lectura es el contexto en el que vivo; no puedo sacar de la ecuación que soy cubano, todo lo que me circunda me ha inspirado siempre para crear y trato de potenciarlo para, a través del paisaje, de los objetos que nos rodean, contar la realidad en la que vivo. Y el otro nivel es lo que me sucede personalmente, de aquellas cosas que me conmueven, cuáles les podrían ser útiles y de provecho a quienes espectan mi obra”.

Alan evoca, en un tono más reverente, pero igual de humanista, al mismo padre nuestro al que Benedetti le implora: vuelve pronto… o, tal vez, pintó la escalera que pide Serrat para subir al madero, donde dejamos morir al nazareno que “enseñaba a los pastores a compartir las ovejas y cuidarse de los lobos.

“Yo me propuse que las obras fueran anzuelos para pescar al espectador desde una mirada rápida a una mirada más profunda, para que los versículos que las acompañan lo conduzcan a un estado psicológico y espiritual superior al que está en el momento en que recepciona la obra y que de alguna manera sea un instrumento de mejoramiento humano”.

La muestra es lo que periodísticamente llamaríamos intemporal, así se cumple el deseo del artista de que nos hable a uno y a todos, hoy y después.

“El objetivo es que logre un nivel de lectura individual, pero también colectivo, para que la obra tenga un cierto comprometimiento, pero no un comprometimiento total con el contexto, de manera que pueda salirse del contexto y caminar en futuras generaciones”.

Los cuadros de Alan, quizás por la habilidad casi fotográfica para reproducir escenas y figuras y el acertado uso de determinados recursos simbólicos, trascienden el espacio puro del arte para inundar los predios de la más efectiva comunicación. No son sermones eclesiásticos, sino un diálogo plural con los seres humanos y sobre ellos, con ese espíritu macroecuménico que nos ha enseñado el Reverendo Raúl Suárez, donde confluyen los creyentes religiosos y no religiosos para vivir cotidianamente el credo de las buenas causas.